Reseña: Chihayafuru

chihayafuru

Sinopsis

Toda su vida Chihaya ha soñado con ver a su hermana mayor convertirse en la modelo Nº1 de Japón… hasta que un estudiante nuevo llamado Wataya Arata le explica que un sueño se supone que es una aspiración personal, algo por lo que uno mismo debe luchar. Esta afirmación cambia por completo la visión de Chihaya y le permite descubrir su talento innato para el karuta, un juego de cartas tradicional de Japón. A raíz de ello, Chihaya ahora sueña en convertirse en “La Reina”, la mejor jugadora de karuta del mundo.

Detalles

  • Director: Asaka Morio
  • Estudio: Madhouse
  • Demografía: Josei
  • Género: Deportes, Drama, Juegos, Recuentos de vida
  • Tipo: Serie
  • Episodios: 25
  • Año: 2011

Antecedentes

Chihayafuru es la adaptación de un manga homónimo escrito por Suetsugu Yuki y publicado en la revista Be-Love en 2007. Actualmente continúa su difusión.

Asaka Morio dirigió Cardcaptor Sakura, Chobits, Galaxy Angel, Nana, Ore Monogatari!!, Mermaid’s Scar y Gunslinger Girl, y se encargó del storyboard de Monster, Black LagoonAzuki-chan. Morio, además, repetirá rol en la adaptación del manga Cardcaptor Sakura: Clear Card-hen, la secuela de Card Captor Sakua, aún sin fecha de estreno.

El director artístico fue Shimizu Tomoyuki, quien contribuyó en Monster, Aoi Bungaku Series, Nana, Tokyo Mew Mew, Rainbow: Nisha Rokubou no Shichinin, Tokyo Underground, Gungrave y Tokyo Underground.

Mima Masafumi, el director de sonido, desempeñó la misma labor en más de un centenar de animes, entre los que destacan Perfect Blue, Shaman King, Rainbow: Nisha Rokubou no Shichinin, Paradise Kiss, Nana, Paprika, Cardcaptor Sakura, Fullmetal Alchemist, Mousou Dairinin, Kuroko no Basket, Tokyo Godfathers, Hajime no Ippo, Fullmetal Alchemist: Brotherhood,  Guilty Crown, entre otros tantos.

La música estuvo en manos de Yamashita Kousuke. Soredemo Sekai wa Utsukushii, Getsumen To Heiki Mina, Digimon Xros Wars, Ozma, Shion no Ou, son algunas de sus contribuciones.

Preámbulo

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En el momento de su estreno, Chihayafuru no me llamó la atención en lo absoluto; es más, me producía incertidumbre. Jamás había escuchado hablar antes del Karuta. “¿Pero qué es eso? ¿Un deporte? ¿En serio? No me lo creo”, fue lo primero que pensé. No calificaba al Karuta como un deporte porque no cumplía con los requisitos físicos que yo consideraba indispensables e incuestionables para que se le reconociese como tal. “Es solo un juego de cartas”, era la impresión que me transmitía, así que no despertó en mí ningún tipo de interés. Por tanto, incluso después de finalizada su primera temporada (y la transmisión de la segunda dos años después) no le dediqué otra mirada, reconsiderando mi decisión. Era un anime que, para mí, estaba destinado al olvido. Y, de hecho, olvidé que existía hasta que llegó 2015.

Me reencontré con Chihayafuru recientemente, casi por casualidad, leyendo un comentario que hacía mención al anime sin que tuviese ninguna relación con el tema en cuestión. No recordaba la historia, así que la busqué y, pensando dónde estaba la gracia, decidí ver el primer episodio. Al fin y al cabo, no moría. Quizás de aburrimiento, pero si sobreviví a paridas inmundas de la animación japonesa, podría aguantar veinte minutos de introducción a un anime cualquiera.

Y, entonces, sin recordar mis reticencias inicial, mi falta de interés, terminé la primera temporada en cuestión de dos días porque la historia destruía mis suposiciones y superaba cualquier tipo de expectativa que empecé a crear a medida que avanzaba el anime. No podía creer cómo una premisa tan simple, tan genérica y tan impensable para un spokon pudiese conseguir producir un producto maravilloso y refrescante con el añadido de un grupo de personajes que son la miel bajo el sol.

Historia

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Wataya Arata es un estudiante de primaria que está teniendo dificultades para encajar en su nueva clase; sus compañeros se burlan de su acento así que prefiere mantenerse callado y al margen, por lo que hizo ningún amigo. La única que desaprueba la actitud del resto de alumnos y ocasionalmente defiende a Arata, es Ayase Chihaya, una niña obsesionada con la carrera artística de su hermana mayor, a quien desea ver convertida en la mejor modelo de Japón.

Después de verse envuelta en una afrenta contra Arata, él decide invitarla a su casa y entretenerse juntos el resto de la tarde. En medio de una conversación casual, Arata se entera del sueño de Chihaya y, sin malicia, le dice que la búsqueda de un sueño debería ser algo personal, en lugar de depender de los deseos de otras personas. Chihaya entonces le pregunta cuál es su meta y Arata confiesa que desea convertirse en el Maestro, el mejor jugador de karuta del país.

El karuta es un juego de cartas que requiere de la participación de dos jugadores rivales y una tercera persona que deberá leer la primera línea de un poema proveniente de la antología japonesa de los Cien Poetas. Los jugadores deberán colocar boca arriba las cartas que contienen la segunda línea del poema que se leerá en voz alta. El objetivo del juego es obtener las cartas con la mayor rapidez posible que completan el poema antes de que su oponente lo haga o evitar que el otro jugador consiga su carta. Para ello, el karuta requiere de dos mazos: el yomifuda, las cartas que contienen las primeras partes de los poemas y que son leídas en voz alta, y el torifuda, las cartas que disponen de la segunda parte del poema y que el jugador deberá obtener para ganar el juego.

Cuando Arata descubre que Chihaya sabe cómo jugar, él la reta a un partido. Siendo una novata en el juego, Chihaya es superada sin problemas por la habilidad, la velocidad y la pasión de Arata. Negándose a perder, se concentra en el juego y obtiene su primera y única carta descubriendo así cuán interesante y divertido puede ser el karuta. Gracias a su nuevo amigo, Chihaya ha encontrado su sueño: convertirse en la Reina, la mejor jugadora de karuta del Japón.

La aventura de Chihaya comienza, pero el camino es largo y arduo. Y el primer paso para alcanzar su sueño es crear un club de karuta en la escuela. Como una remembranza al nombre de su protagonista, Chihayafuru retrata al karuta como un juego apasionante para un espectador que, muy seguro, jamás había escuchado hablar de ello. A mí parecer, no obstante, el anime no se ampara únicamente de la originalidad de su premisa, sino que triunfa en su desarrollo y en la introducción de sus personajes.

Tal y como sucede con la mayoría de los spokon, Chihayafuru podría dividirse en dos períodos: primero, la presentación de los protagonistas y conformación del equipo que Chihaya busca formar durante la preparatoria, y segundo, la fase de competencia, tanto en partidos grupales como en rondas individuales. Y si bien ambos arcos fueron de mi agrado, sentí cierta predilección por aquel que se enfocó en la construcción del club de karuta, deteniéndose en cada uno de ellos para que podamos conocerlos apropiadamente, tanto si hablamos de sus personalidades como de su relación con el deporte. Toda la ronda de competencias de gustó, pero tengo que admitir que preferí el último torneo… por motivos que explicaré en el siguiente apartado.

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Chihayafuru es un anime sorprendentemente maravilloso desde el minuto cero porque expone como argumento la inclusión de un deporte casi desconocido, pero que consigue atrapar al espectador una vez que entendió la temática del juego, mientras nos deleita con una exposición de escenas cómicas, dramáticas y emocionantes, tanto si hablamos del deporte como del slice of life. Brillante.

Desde mi experiencia, sin embargo, quizás eso puede resultar un punto en contra por ser algo complicado en un inicio. Lo confieso: me costó algo de tiempo entender por completo la dinámica del juego porque tiene todo un compendio de reglas que van desde sanciones por escoger una carta incorrecta a la postura de los jugadores durante el juego. ¿Un deporte simple? Claro que sí, claro que sí. El karuta puede ser miles de cosas, pero en ningún lado está escrita la palabra ‘simple’.

En primer lugar, un mejor desempeño en el juego requiere de una velocidad superior a la de tu rival, por lo que es meritorio que el jugador identifique el poema leído en la primera silaba o, por defecto, en la segunda o tercera. Y la mejor forma de conseguirlo es, uno, memorizar a la perfección los cien poemas que componen el juego en un intento de acelerar el tiempo de reacción, y, dos, memorizar la posición de las cartas durante el partido; por supuesto, durante el juego, el jugador puede cambiar las posiciones si así lo desea, dificultándole aún más la jugada a su oponente.

En segundo lugar, durante los torneos, estos partidos tienen una diferencia de minutos entre uno y otro lo que limita las habilidades del jugador en enfrentamientos futuros por el desgaste mental que genera memorizar la posición de todas las cartas –con todos los cambios que pudieron haberse dado- y olvidarlas una vez finalizado el encuentro para volver a memorizar el orden que ha escogido el siguiente rival.

Entonces… el karuta es un deporte que precisa del trabajo físico, sí, pero también es un juego mental porque se requiere de concentración, memoria, agilidad, velocidad y estrategia en cada uno de los partidos. Contra todo pronóstico, tanto las competiciones individuales como por equipos son emocionantes porque, a diferencia de otros animes del género, el camino hacia la meta es mucho más complicado y no se resume (o resumirá) únicamente a la época escolar: las competencias en equipos están permitidas exclusivamente durante la etapa escolar, así que la única oportunidad que tiene el equipo de Chihaya para competir juntos será durante los tres años de preparatoria. Una vez que el grupo se separe, cada uno deberá recorrer el camino que escogió para el karuta porque si su participación como equipo terminó, todavía pueden competir como jugadores individuales.

Y ésta es, precisamente, una distinción que me gusta del deporte.

Dependiendo del torneo, el karuta no limita a los jugadores por la edad o por el género; en las rondas individuales, los rivales se enfrentan con sus pares, miembros que están clasificados dentro de los rangos “A”, “B”, “C” o “D”, jerarquía que, se supone, refleja cierto nivel en las habilidades del competidor. Si los torneos no son para decidir quiénes retaran a los actuales Maestro y Reina, mujeres y varones de cualquier edad pueden enfrentarse en igualdad unos a otros. Por otro lado, los enfrentamientos en equipo no están regidos ni por el sexo ni por el rango, así que las competencias son cuestión de habilidad y talento en partes iguales. La expectación se mezclaba con la incertidumbre porque, Chihayafuru como pocos animes, no deja margen a la suposición: en el deporte, cualquier escenario es posible, pero el espectador no imagina cómo la historia podría desenvolverse.

En síntesis, la historia de Chihayafuru, la premisa y el desarrollo, me fascinaron.  Pero eso sí, no me convenció que el episodio final se condujese de ése modo. La última escena es acorde al espíritu de Chihaya, pero ¿las secuencias previas? ¿Estamos terminando o empezando un anime? La segunda temporada se estrenó dos años después, así que la seguridad de una secuela durante ésta emisión era nula. Por tanto, lo más apropiado hubiese sido ‘cerrar’ el anime, limitando en la medida de lo posible, los huecos argumentales y las tramas inconclusas. Añadir una nueva ‘problemática’ a puertas del final fue una decisión terrible en términos de la línea narrativa de la animación, a mí parecer, pero funcionó para a nivel comercial porque la incertidumbre y la curiosidad propiciadas –en parte- por ése final consiguió más lectores y seguidores para el manga. No me cabe duda.

Personajes

Chihayafuru cuenta con una fantástica historia, pero su magia radica en sus personajes. Se puede reconocer ciertos parámetros que sirvieron para su creación, pero no son genéricos, en lo absoluto; el introducción y el crecimiento tanto de los protagonistas como del resto del elenco, jugadores, compañeros, entrenadores y profesores es in-cre-í-ble.

Empezando por Chihaya.

Ayase Chihaya es, en cierto modo, la típica cabeza hueca que protagoniza su propia historia. Físicamente es atractiva, poseedora de una belleza que atrae siempre la atención, pero su personalidad torpe, impulsiva y socialmente penosa mantiene alejados a sus compañeros de clase. Por supuesto, este no es un inconveniente para Chihaya porque le dedica todos y cada uno de sus pensamientos al karuta, así que su rendimiento académico es pésimo. Y, como no podía ser de otro modo, su única ambición en la vida es convertirse en Reina. Lo dicho: un prototipo de protagonista.

Entonces… ¿qué convierte a Chihaya en un personaje memorable cuando ya existen cientos, miles de héroes y heroínas como ella? A pesar de todos los tópicos que forjaron el envase que el recipiente, Chihaya cuenta con el atributo más importante para un personaje, cualquiera que sea su personalidad: es carismática.

Chihaya es un personaje bien trabajado a lo largo de la historia que inició –o mejoró, digámoslo también- su relación con el resto del elenco, ya sean sus compañeros de equipo o sus rivales. Disfruté el anime en gran medida por su simple presencia, no lo negaré; cada quien podría enumerar las razones por las cuales Chihaya es una extraordinaria –o pésima, gustos y colores– protagonista, pero a título personal, valoré como pocas veces que ella fungiese como la fuente principal de comedia y drama en partes iguales. El manejo del guión es indiscutible porque se optó por reducir los ataques lacrimógenos y el humor absurdo al mínimo, presentando una historia más realista dentro de lo que cabe, pero fue Chihaya y su manejo ante ése tipo de situaciones y personajes tan divergentes entre sí lo que me conquistó desde el principio. Un deleite.

En su cruzada por destacar en el mundo del karuta competitivo, Chihaya no está sola. Sus amigos de la infancia la acompañan, pero no de la misma manera.

Primero tenemos al responsable de la creación de su sueño: Wataya Arata. Él tiene un papel determinante en la historia, aunque no es un personaje recurrente; Arata permanece prácticamente al margen durante la primera parte del anime, en realidad. Se introduce a la historia como un niño de primaria inseguro sobre sí mismo e incapaz de abrirse lo suficiente para conseguir amigos dentro de su clase. La intrusión de Chihaya en su vida cambia la situación, pues ella se convierte en su primera amiga y el principal incentivo que lo motiva a proseguir con sus metas, al menos en lo relacionado al karuta.

Un elemento que particularmente me agradó de Chihayafuru fue la presentación de los ‘protagonistas’ como niños, no solo a través de flashback sueltos e inconexos, sino deteniéndose el tiempo necesario para que conociésemos un poco parte de sus personalidades y el porqué de sus acciones –y con esto no me refiero únicamente a Arata-, así como para entender el lazo que los une, como jugadores del deporte y como amigos.

El avance años después, y todo lo que significa en su relación, también lo consideré como un punto a favor en aquel entonces y mi apreciación inicial no cambió a día de hoy. Sin embargo, no puedo omitir que me simpatizó mucho más la versión infantil de Arata, y esto no significa que desprecié a su contraparte juvenil, sino que consiguió adentrarse en mi corazón con mucho más fuerza. Y, a diferencia de otros manganimes que utilizan ése típico cliché para infundir a la historia en un dramatismo barato, la desventura de Arata se maniobró a la mar de bien. Ni mucho ni poco, sino lo justo y necesario. Así da gusto la inclusión de la tragedia dentro de la historia, vamos.

Pero si vamos a hablar de amores, es infaltable la mención a Mashima Taichi. Pedazo de muchacho, cómo le quiero. Eh… Tal y como sus amigos, Taichi aparece en acción como un niño y, desde entonces, ya comenzaba a excavar un lugar en lo profundo de mi alma. En primaria, Taichi era un estudiante modelo, pero eso no implica que fuese perfecto. De hecho, incitaba e iniciaba bastante de las burlas hacia Arata porque no podía entender por qué Chihaya lo defendía.

Es interesante que un personaje que tiene material para ser un bully pudiese convertirse en uno mis husbados, pero las motivaciones de su actitud y el increíble progreso que consigue en un periodo de tiempo tan corto –hablando acerca de la estructura de los capítulos- es digna de resaltar porque, primero que nada, es creíble y, segundo, demuestra la imperfección que respira detrás de la imagen impoluta que proyecta ante todos: un estudiante inteligente, popular, atractivo y amigable. El prototipo de protagonista masculino, sin embargo, no es un punto en contra ya que Taichi, como Chihaya, logró una construcción maravillosa como personaje a partir de la típica base de Gary Sue. Me atrevería a decir que, si bien Chihaya es la principal exponente de mantener el ritmo en la historia, Taichi ofrece un alcance distinto sobre el karuta, talentoso y. al mismo tiempo, inseguro sobre sus propias habilidades. Pero yo estoy enamorada de ése muchacho así que jamás seré totalmente objetiva en mis valoraciones sobre él, si soy sincera xD

Atención aquí, por favor, pues si bien tenemos un escenario perfecto que involucra a tres protagonistas y su pasión por un mismo fin, Chihayafuru no está arremolinado en la creación de un triángulo amoroso y el drama proveniente de ello, no. La relación entre los tres, Chihaya, Arata y Taichi, es estrictamente amistosa; personalmente lo considero uno de sus puntos fuertes puesto que, aún siendo rivales y con las discrepancias producidas por el tiempo y distancia, continúan preocupándose los unos por los otros y empujándose a mejorar en el deporte que los unió desde niños. Para alguien que no es precisamente una fan de los líos amorosos, lo agradezco mucho… claro que tampoco voy a negar que sí apoye a un #Team porque él se merece el cielo, la luna y las estrellas y si pudiese dárselos lo haría. Perdón, perdón, la emoción. Retomando…

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Si hay algo digno de mención en el anime es el adecuado desarrollo de los personajes secundarios y con esto no me refiero exclusivamente a los miembros del club de karuta, sino a los estudiantes de otras preparatorias y a jugadores varios. Si bien los animes de deporte tienden al enfoque céntrico en sus personajes principales –con toda razón, por algo son los protagonistas-, en más de una ocasión la omisión y el desapego a quienes conforman el grupo de refuerzo es imperdonable.

Me encandilan todos los animes y mangas que se detienen a perfilar a los secundarios no con la intención de convertirlos en los rivales de turno o los enemigos jurados de nuestros héroes, sino de presentarlos como lo que son: niños, jóvenes y adultos que están persiguiendo sus sueños, que trabajan arduo para cumplir sus metas, y que su aventura no termina cuando los protagonistas ganan o pierden. Y relacionado al deporte del karuta, que demostró ser bastante exigente e impredecible, me entusiasmó apreciar que la historia se permitió darse un respiro e introducir poco y poco a poco a gran parte de los competidores que se relacionaron, de un modo u otro, con los protagonistas.

Es debido a eso que me gustó mucho más la competencia final porque los rivales abandonaron por completo el papel de villanos –aquel individuo despreciable que se inmiscuye en el camino del protagonista- y se convirtió, aunque fuese por solo unos minutos, en el narrador de su propia historia. No puede evitarlo: me encantan ése tipo de enfoques.

Por supuesto, la introducción de un elenco variopinto permitió que se distinga cuán diferente puede ser la interacción de los jugadores con el karuta. Su estilo de juego depende de su talento y su empeño, sí, pero también de la interpretación que hacen de las caras, cómo las identifican, qué significan para ellos, cuál es el valor personal que deciden darle… Todo este conglomerado confluye para que el juego disponga de un trasfondo más profundo porque no solo se remite al típico “obtener todas las cartas posibles”, sino también a apoderarse de aquellas cartas que representan algo para cualquiera de los jugadores –o ambos- y que pueden balancear o desbalancear el ritmo del juego y, por tanto, conducir a sus resultados.

En resumidas cuentas… los personajes valen oro.

Animación

Si hay algo que no puede criticársele a Chihayafuru, bajo ningún motivo, es su arte. La animación es, en una palabra, sublime.

Primero, el diseño de sus personajes destaca por su diversidad y porque, según yo, combina estupendamente con sus personalidades distintivas, consiguiendo que nadie, mucho menos los secundarios, se confundan ni se pierdan en la marea de expectación que el anime significó para mí.

Segundo, las referencias al karuto y la representación del simbolismo que los propios jugadores hacen sobre el significado de las cartas me dejó boquiabierta en más de una ocasión por su animación combinada con la exclamación de los poemas y su interpretación a mano de otros jugadores. Estoy enamorada de la secuencia en la que Kanade explica el significado de la carta ‘Chihaya’.

Por supuesto esto no hubiera sido posible si el estudio no hubiese mantenido un nivel alto en cuanto a los detalles y la constancia a lo largo de sus episodios, así como la selección de una paleta de colores intensa y variopinta, perfecta para ambientar el estilo colorido, pero armonioso de la propia temática.

Música

25 episodios y un solo opening y ending. ¿Insuficiente? Por supuesto que no. “YOUTHFUL” de 99RadioService, como intro, y “Soshite Ima” de Asami Seto, en el cierre, enganchan con prontitud, tanto por su tonado pegadiza como por su animación acorde a la música. Me gustan ambas, pero prefiero la pieza de Asami Seto porque retrata bastante bien el espíritu del juego, a mi parecer, y la voz del artista es maravillosa.

Pero no nos olvidemos del OST. Yamashita Kousuke realizó un trabajo excepcional ambientando los partidos y el día a día de los personajes, imprimiendo la emotividad en su justa medida en los momentos precisos. Gloria.

Reflexiones finales

LO BUENO

En líneas generales –y para no aburrir (más)– la animación es un deleite para los sentidos, los personajes encandilan en cada una de sus presentaciones y la historia brilla tanto por su premisa novedosa como por un progreso notable a lo largo y ancho de sus 25 episodios aunado a eso una comedia fresca y un drama trabajado apropiadamente, y tenemos a una joya que merece ser apreciada en todo su esplendor. No cometan el mismo error que yo. Si no lo han visto, háganlo.

Básicamente el 95% del anime es fascinante.

Por otro lado, es meritorio señalar que Chihayafuru, además, funge como un grito desesperado, una llamada de atención a un deporte que está siendo condenado al olvido en su propio país y que requiere de la reminiscencia para enseñarle al mundo que un juego de cartas como éste puede ser tanto complicada como emocionante.

LO MALO

El final. A veces –a veces dice- soy bastante exigente con el final de una historia, especialmente con un anime que me gustó, me encantó y/o me enamoró y, sí, comprendo que no puede ‘concluir’ una historia que sigue publicándose en el manga, pero al menos podrían ‘cerrar’ apropiadamente la etapa, el arco, la saga, lo que sea, que se esté animando. ¿Es mucho pedir? Chihayafuru me gusta y mucho, pero no le perdono que su episodio final de pie a una continuación la siguiente semana cuando la secuela se estrenó dos años después. No, no, no. Si empiezas bien, entonces terminas bien. No hay punto intermedio.

Puntuación

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 ♦ Excelente

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